Del contexto al texto antropológico

Revisando El antropólogo como autor de Clifford Geertz*

Richard PFEILSTETTER
Universidad de Sevilla
Reference: 
(con)textos (2008) 1:115-120, ISSN: 2013-0864.

FICHA DE DATOS

Título: El antropólogo como autor

Título original: Works and Lives. The Anthropologist as an Author

Autor: Clifford GEERTZ

Año de edición [original]: 1997 [1988]

Lugar de edición, editorial: Barcelona, Paidós

Traductor: Alberto CARDÍN

ISBN: 84-7509-524-0

 

Clifford Geertz escribió El antropólogo como autor (Paidós, Barcelona 1997) entre 1983 y 1987. Su obra fue publicada por primera vez en inglés, en Stanford, el año 1988 bajo el título de Works and Lives. The Anthropologist as Author. A la muerte de Geertz, en el año 2006, el libro se había convertido en un clásico de la rebelión postmoderna en Antropología contra los llamados «grandes relatos», de la cual El antropólogo como autor es quizás su representación mas ingenua, fresca y prototípica.

El libro es, a primera vista, una crítica metodológica: la manera como se escribe y las variables que intervienen en el acto de escribir deben ser más tomadas en cuenta a la hora de interpretar las obras de los antropólogos. Esa preocupación se convierte a lo largo del ensayo en una defensa del subjetivismo: «prácticamente todas las monografías que van apareciendo [...] carecen por completo de cualquier referencia a lo real.» (1997:150). La argumentación del autor se desarrolla a través de una revisión critica de los textos Tristes tropiques (1976) de Claude Lévi-Strauss; Operations on the Akobo and Gila Rivers, 1940-1941 (1973) de Edward Evans-Pritchard; A Diary in the Strict Sense of the Term (1967) de Bronislaw Malinowski, y finalmente The Uses of cannibalism (1959) y The Chrysanthemum and the Sword (1974) de Ruth Benedict, aparte de otros textos de éstos y otros autoras y autores.

La crítica de los correspondientes textos se extiende a las obras de estos autores, en general, como una crítica de la corriente a la que pertenecen, según el canon académico antropológico. La clasificación teórico-metodológica que utiliza, con fines educativo-pedagógicos, está basada en esos dualismos del tipo estructuralismo versus culturalismo, de los cuales habla Pierre Bourdieu: oposiciones ficticias entre autores para colocarse uno «por encima de las divisiones que describe» (Bourdieu, 1995:186).

En los escasos posicionamientos de Geertz, él define la Antropología y la etnografía como «discurso» (1997:146), como «obra de imaginación» (1997:150), como «vitalidad traducida en palabras» (1997:152). La principal pregunta que se debe hacer la Antropología, según el autor, es acerca de cómo son sus «modos de dominación textual» (1997:17), de qué manera los autores fundan su autoridad (1997:68,73,130,148), el «modo dominante de la prosa etnográfica» (1997:144). Bajo este punto de vista la Antropología no estudia el poder sino que es adjetivo de él. Se puede decir que Geertz convierte radicalmente el enfoque de análisis: desde el contenido de las obras hacia su contexto, desde la imposibilidad de objetivar a la inserción en tramas de poder y dominación de obras, autores y lectores.

Geertz divide su libro en seis capítulos, de los que el primero está destinado a transmitir al lector el enfoque bajo el cual están analizados los cuatro autores que corresponden a los siguientes cuatro capítulos. El último capitulo está reservado a recoger y unificar la crítica. Geertz usa un lenguaje plenamente irónico (p.e. 1997:86-87,131,137) y académico (palabras en alemán y francés sin traducir, p.e. 1997:125,148,154), empleando juegos de palabras (títulos de los capítulos, también p. e. 1997:115,125). Sus comparaciones continuas de obras antropológicas con literatura - Tristes Trópicos es «un poema ruso/checo típico-ideal» (1997:43) -, su ironía y su metacrítica al conjunto de todas las obras analizadas (incluso parcialmente las de sus colegas post-modernistas) subrayan el carácter ofensivo de su texto. Geertz pretende que «aprenderemos a leer de un modo más agudo. Ciento quince años (si fechamos el inicio de nuestra profesión, como suele hacerse a partir de Tylor) de prosa aseverativa e inocencia literaria son ya suficientes.» (1997:34). Interesantes al respecto parecen también lo que quiero llamar sus «excusas retóricas», justificando la derrota de la selección exquisita de autores criticados: no hago, no intento, no significa desacreditar a nadie (Geertz, 1997:37,60,69). La elección de autores «famosos» está contrapuesta por la elección de textos menos conocidos o menos profesionales de estos autores.

 

Las vías de crítica a una obra pueden ser muchas, pero, con frecuencia, se agotan equivocadamente en sus aspectos negativos. Una manera más interesante es someter el texto a un análisis coherente con sus propias intenciones, esto es, evaluarlo bajo sus propios criterios y presupuestos: ¿De qué manera fundamenta Geertz su autoridad textual? ¿Dentro de qué tramas de poder nace su propio discurso? ¿Por qué debo analizar el contenido de su libro si sólo importa lo que he llamado su «contexto»? ¿Qué diferencia hay entre su libro y la prosa que justifiquen su trabajo o autodenominación como «antropólogo»? Vamos a analizar cada uno de estos puntos.

Una de las principales preocupaciones de Geertz es la manera en que el escritor se impone al lector, cómo funda su autoridad. «Benedict funda su autoridad en un estar allí imaginario» (1997:130); Malinowski lo consigue introduciendo el sujeto en sus textos; Evans-Pritchard por su estilo «científico natural»: «la principal fuente de su poder envolvente es su enorme capacidad para construir representaciones visualizables de fenómenos culturales, diapositivas antropológicas», por su «intensa cualidad visual del estilo» (1997:73-74). El argumento clave de Geertz es que estos «modos de dominación» de la Antropología se establecen a través de una determinada construcción textual. Quiere decir que existe una «relación de poder y lenguaje» como diría Luque Baena (1996:223). Conviene entonces analizar la manera de escribir de Geertz y cómo él no hace ningún intento de reflexividad, lo cual es coherente para un autor que piensa que la subjetividad del escritor no puede ser reducida.

Geertz acusa a Benedict, como a Evans-Pritchard, de establecer autoridad textual mediante repeticiones de un tema clave. En el caso de Benedict, el contraste «nosotros/ vosotros» sirve para tal objetivo. Dice Geertz: «tuvo la idea de contar el número de topos del tipo ‘en América'/'en Japón' [que utiliza Benedict]» (1997:127). Cuando yo lo leí, tuve también la idea de contar cuántas veces vuelve Geertz a repetir el credo de análisis acerca de Benedict: «el allí se confunde con el aquí» (1997:115), «lo extraño como familiar» (1997:115), «mirémonos a nosotros mismos como miramos a los otros» (1997:116), «el encuentro con unos Otros que son Nos-otros» (1997:122), «contrastar un nosotros "consabido" con un ellos "inimaginable"» (1997:124), «los raros somos nosotros» (1997:130), «somos nosotros los que terminamos interrogados» (1997:131) etc. Geertz no es menos repetitivo para autorizar su discurso y, al mismo tiempo, ese tipo de análisis demuestra un defecto básico: perderse en cuestiones de retórica impide la comprensión de los argumentos de Geertz. Ambos niveles (forma y contenido) tienen que ser entendidos como complementarios y no excluyentes.

Aparte del poder que ejerce el texto mismo, el segundo nivel de análisis para Geertz son los factores que influyen indirectamente en las construcciones textuales: los contextos sociales y personales, las relaciones de poder dentro de las cuales los escritores están insertos. Así, el mundo universitario (1997:140), problemas y condiciones psicológicos (1997:134), procesos históricos (1997:142,156), la competencia entre los colegas (1997:101), por nombrar sólo algunos ejemplos de Geertz, influyen en la manera de escribir Antropología. Otra vez: el análisis de estas cuestiones en Geertz es a priori y no complementario al análisis de lo que él llama «discursos». Y otra vez Geertz no hace ningún intento de autosituarse reflexivamente dentro de su tiempo, su cultura, su sociedad, su papel dentro de lo que él llamaría «mercado competitivo» de «mercancías intelectuales» (1997:152). Como sabemos, Clifford Geertz era «uno de los escasos popes carismáticos» (Reynoso, 1992:9) de la Antropología en el dominante mundo intelectual anglosajón. Sin entrar en los contenidos del debate en particular, la introducción crítica de los «hijos de Malinowski» (1997:89) - Read, Rabinow, Crapanzano, Dwyer - en el capítulo dedicado al autor de A Diary in the strict sense of the term, obviamente es un discurso heterodoxo -¿o mejor una lucha dentro del régimen?- en el círculo «postmodernista» al cual pertenece Geertz. Acusa a Crapanzano y a su obra Tuhami (1980) de ser una «hiperinterpretativa entrevista de tipo psicoanalítico» (1997:102) o, en general, a los cuatro autores del círculo postmoderno de que, en palabras de Barthes, su «sinceridad no es más que un imaginario de segundo grado» (1997:99). A su vez les acusa de intentar liberarse de sus modos de dominación textual queriendo decir que la reflexividad no soluciona el problema del subjetivismo: «no hay forma de desplazar esta responsabilidad hacia el "método", el "lenguaje", o (una especialmente popular maniobra del momento) hacia "las gentes mismas" redescritas ahora [...] como co-autores» (1997:149-150). Aquí es donde, obviamente, hace referencia a los cuatro colegas citados junto con Malinowski: esa conexión, citarles junto con «el funcionalista», conlleva una particular crítica retórica. Reynoso da un paso más en la dirección de esa crítica y denomina la obra El antropólogo como autor como el reciente (Reynoso publica en el año 1992) último paso entre una dialéctica de los núcleos del poder de la Antropología estadounidense de aquel momento entre Princeton (Geertz) y Houston/San Francisco (Marcus, Clifford...) (Reynoso, 1991:30-33). Pero obviamente se pueden encontrar más luchas por el poder en su obra -lo digo así porque para Geertz las discusiones teóricas al fin y al cabo no son nada más que eso- como por ejemplo la de Geertz vs. Gellner. Geertz sitúa a Ernest Gellner al lado de Evans-Pritchard, como un ingenuo positivista (1997:78). Gellner, por su parte, sitúa a Geertz en una línea histórica del pensamiento relativista estadounidense -«Yo no puedo aceptar ni un oscuro relativismo ni un misticismo semiótico» (Gellner, 1997:44)-, condicionado por el pensamiento liberal e individualista hegemónico en el contexto de su sociedad (Gellner, 1997:36-45).

Como ya he destacado latentemente con anterioridad, el texto de Geertz critica más que propone: Geertz tiende al criticismo (por buscar una sola palabra). Reynoso, que curiosamente en su introducción critica la publicación en castellano de La interpretación de las culturas, resume esa idea con bastante claridad: «[Geertz] no busca defender al relativismo, sino atacar a los que contra él militan» (Reynoso, 1992:11). Ese criticismo lleva en el transcurso del texto de referencia a una curiosa situación: se aprende mucho sobre las personas y sus biografías, su contexto social, la situación histórica en la que se escribe (obviamente imprescindible para una comprensión de una producción teórica) pero, paradójicamente, no se sabe nada al final de la lectura acerca de lo que los autores criticados proponen, ni siquiera claramente lo que Geertz propone. En el caso de Benedict, Geertz nos informa de que ella era «tímida y depresiva» (1997:134), que «apenas viajó» (1997:137), que el contenido de su obra es inventado y copiado (1997:121,134-135), que su estilo es «tragicómico» (1997:116) pareciéndose a un «libro infantil» (1997:137), que trabajaba en el departamento de inteligencia y propaganda de EEUU (1997:126,133), que estaba condicionada por el entorno intelectual de la Universidad de Columbia (1997:118,123,124,136) y que, en general, el texto citado es un «manual psicopolítico, conceptualmente un tanto frívolo, empíricamente un tanto débil, moralmente un tanto dudoso, sobre cómo manejar a los japoneses» (1997:132). Ese menosprecio del contenido teórico y la reducción de las obras a las relaciones de poder entre lector y escritor, escritor y escrito, escritor y entorno, que aparte están evaluados y connotados de forma plenamente negativa, hace de su obra un acto de criticar sin proponer. Eso corresponde con una visión de la Antropología como meramente discursiva, como quiero desarrollar en adelante.

La crítica a nivel más general que se ha hecho a Geertz ha sido su relativismo. Como hemos visto, la Antropología y toda la ciencia (1997:147) se convierten en Geertz en un discurso, un «acto interpretativo» como dice Reynoso (1992:9) sin más. Relativismo, subjetivismo y constructivismo son todas denominaciones que se pueden utilizar para describir la posición de Geertz (recordemos: nada real se describe en los escritos etnográficos). Sin embargo, no aparecen como términos para ser discutidos en su obra. Quiero oponer al irónico Geertz la postura de otro autor cínico como es Ernest Gellner. Cuando Gellner está revisando la parte de El Antropólogo como autor que hace referencia a Evans-Pritchard, apunta:

«Porque todo conocimiento es dudoso y estando la teoría saturada de etnocentrismo y dominada por un paradigma vinculado con algún interés (ruego al lector que escoja su variante preferida y tache las demás o que agregue la suya propia), etcétera, luego, el autor que, atormentado por la angustia combate con los dragones, puede proponer lo que se le da la gana» (Gellner, 1997:44).

Lo que me ayuda a expresar dicha cita (aparte de que refleja, como he intentado objetivar antes, una lucha de poder entre los núcleos de producción antropológica) es que toda concepción relativista lleva en última consecuencia al nihilismo, igual que el positivismo sin más tiene que acabar como fundamentalismo. Geertz se opone en su obra a un objetivismo que es, como las obras que cita, parte del pasado de la disciplina. Geertz busca en dichos autores los enemigos de ayer o, como dice Luque, los antipositivistas «siguen viendo en sus enemigos actuales los fantasmas del pasado» (Luque Baena, 1985:11). Así, dice Geertz que en Antropología «el pasado no sólo no está muerto, sino que ni siquiera es pasado» (1997:145), refiriéndose a los positivistas de hoy. La cuestión, obviamente, no es la de si las obras etnográficas son sujetivas u objetivas, sino de qué manera se puede encontrar una síntesis vital entre ambas posturas, siempre ideales y nunca observables en estado puro sobre el terreno textual. Obviamente, como defiende Geertz, la escritura, la biografía, la historia son variables importantes para la comprensión, pero la comprensión no se agota en ellas. Ahora el gran debate es dónde hay que buscar la línea entre esas nociones subjetivas y su contenido «objetivo». Así, los intentos de una síntesis llegan desde la defensa de un ámbito de predominio del sujeto dentro de un marco objetivo (Parsons, Bourdieu), o bien la negación de ambos ámbitos defendiendo que son uno inherente e indivisible del otro (como por ejemplo defendía Godelier hace mucho tiempo en su obra Lo material y lo ideal), o bien, como defiende Weber, existe una verdad objetiva a la cual nos podemos acercar pero nunca llegar en el sentido de un continuo epistemológico. Simples rechazos de cualquier forma de regularidades (a lo que tiende Geertz, por lo menos en el texto al cual nos referimos) o bien la defensa de una única verdad universal (la tendencia de los autores de ayer, citados por Geertz para ejercer su crítica) son posiciones simplistas ante esa realidad compleja a la cual Geertz gusta de hacer referencia.

Hemos visto que la obra de Geertz aporta un enfoque importante, muchas veces subordinado en los escritos de la Antropología: el análisis de la «historia social de la ciencia social», como lo llama Bourdieu (1990:56), es imprescindible para la comprensión de los escritos antropológicos. La noción posmodernista de que los escritos antropológicos no sólo son discurso, sino que también tienen una identidad textual (Geertz, 1997:18), era y es un importante rechazo al funcionalismo positivista y en su momento aportó a la Antropología un llamamiento en ese sentido. Pero defender que en Antropología esa identidad textual domina el conocimiento, que el lenguaje no es sólo vehículo del pensamiento sino que también es causa en sí mismo (el gusto postmoderno y geertziano -aunque sin citarlo- por Wittgenstein) lleva al mismo reduccionismo que el positivismo simple. Para decirlo con palabras de Ernest Gellner (y hago uso de la cita no sólo para autorizar mi discurso, para imponerme al lector, como me criticaría Geertz, sino también para formular un argumento): «La antropología es inevitablemente política» (Gellner, 1997:11) pero esa «carga política de la antropología» no tiene que llevar a los antropólogos al «todo vale» (Gellner, 1997:11). Debemos buscar en nuestras obras el continuo esfuerzo de separación entre sujeto y objeto, un proceso heterogéneo de acercamiento a un ideal imposible. La escritura antropológica es un sistema de dominación más, pero no se agota en eso.

 

NOTAS

* Agradezco especialmente los comentarios y correcciones de Elías Zamora, Veredas López y de los compañeros del Consejo de Redacción de (con)textos.

 

BIBLIOGRAFÍA

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